Agosto 28, 2018

Ética de la neurotecnología y su futuro

Coches conectados con la mente, implantes en el cerebro para curar el Alzheimer o cartas que se escriben solo con pensarlo son algunos de los avances en los que está trabajando la neurotecnología. Y es que, los interfaces cerebro-computador van a cambiar completamente nuestra forma de vivir, pero ¿somos conscientes de las implicaciones éticas que tendrán estos desarrollos?

En 2017, Elon Musk anunció que fundaba Neuralink, una empresa de neurotecnología con un objetivo: crear implantes cerebrales que permitan conectar nuestro cerebro con los sistemas de inteligencia artificial. Según Musk, en el corto plazo, Neuralink tratará de usar estos implantes para curar grandes enfermedades neurodegenerativas como Alzheimer o la epilepsia. Por otro lado,  Musk tiene claro que el ser humano no tiene nada que hacer contra la inteligencia artificial, por lo que otro de sus objetivos es crear un cordón neural que nos permita fusionarnos con las máquinas.

Poco después de que Elon Musk hiciera este anuncio, Facebook también salió al escenario para contar que llevaban más de un año apostando por la neurotecnología. Así, desvelaron que, desde su Edificio 8, un equipo de especialistas trabajan tratando de transmitir mediante tecnología no invasiva (un gorro o diadema que captaría las señales cerebrales mediante luz) mensajes de texto con la mente. Buscan lograr una velocidad de 100 palabras por minuto.

La posibilidad de que los desarrollos tecnológicos de Elon Musk y Facebook lleguen a buen puerto en el corto plazo es toda una incógnita, aunque la comunidad científica tiene bastantes dudas teniendo en cuenta el estado del arte en tecnologías de brain-computer interfaces.

Por ejemplo, se están actualmente utilizando equipos para diagnosticar enfermedades neurológicas, tratar fobias o realizar rehabilitación cognitiva en demencia, TDAH y personas mayores; o neurorehabilitación para recuperar movilidad con neuroprótesis en personas que tienen discapacidad de movimiento), entretenimiento (videojuegos que ofrecen interfaces conectadas directamente con el cerebro), servicios de neuromarketing, o de bienestar (como el estimulación cognitiva y el entrenamiento cognitivo). Otras industrias como el automóvil también han adoptado esta tecnología, como es el caso de Nissan y su solución Brain-To-Vehicle que provee el primer sistema de detección y análisis en tiempo real de la actividad del cerebro relativa a la conducción.

En el caso de Musk, existen dispositivos invasivos que ya se están usando en el ámbito de investigación en casos extremos de parkinson, epilepsia y otras enfermedades neurodegenerativas. Sin embargo, en todo el mundo hay muy pocos pacientes con dispositivos complejos implantados (e incluso, con dispositivos muy básicos el número se reduce a unos pocos miles) y ello es debido al riesgo que, a día de hoy, supone este tipo de intervenciones. Pero además del posible peligro que existe al operar el cerebro, la realidad es que nuestra comprensión sobre cómo se comunican las neuronas es compleja. Estamos lejos de poder establecer una comunicación bidireccional con un sistema de inteligencia artificial a través de un cerebro externo que nos haga más inteligentes.

En el caso de Facebook, la mayor velocidad que se ha obtenido escribiendo palabras con la mente ha sido aproximadamente de 35 caracteres por minuto utilizando tecnología invasiva [Ref] (notar que un ritmo de al menos 250 caracteres por minuto es de lo más normal cuando tecleamos). Además, si simplificamos el uso del sistema (acortando los periodos de calibración y eliminando el seguimiento por parte de ingenieros durante toda la prueba) para que el usuario sea completamente autónomo, entonces el ritmo es todavía más lento: entre 3 y 7 caracteres por minuto [Ref]. Por lo tanto parece que en la actualidad estamos muy lejos de que una persona escriba 100 palabras por minuto - aprox. 5000 caracteres por minuto-  de una forma autónoma y con dispositivos no invasivos.

En cualquier caso, la realidad es que las empresas tecnológicas están empezando a interesarse por la neurotecnología. Es cierto que sus expectativas en lo que esta tecnología podrá hacer en los próximos dos o tres años son en muchos casos exageradas, probablemente debido a la concepción que tienen de que el cerebro humano es como un ordenador que se puede reprogramar, pero qué duda cabe que las inversiones millonarias que estas empresas están empezando a hacer tendrán un fuerte impacto en el avance de la neurociencia aplicada y la neurotecnología (actualmente se habla de una inversión de más de 100 millones de dólares al año por parte de compañías privadas y se estima un crecimiento exponencial en los próximos años).

¿Cuál es el futuro de la neurotecnología? ¿Cómo prepararnos para ello?

Quizá sea ahora el momento de empezar a plantearnos dónde y cómo aplicar la neurotecnología antes de que sus aplicaciones se nos escapen de las manos. Está claro que nos dirigimos hacia un futuro donde la neurotecnología podría manipular los procesos mentales de las personas, podría llegar a permitir la comunicación telepática y podría aumentar tecnológicamente las capacidades humanas. Todo esto podría ser beneficioso para los seres humanos, pero a la vez podría ser tremendamente negativo, haciendo que aumentaran las desigualdades sociales, cambiando la esencia del ser humano como individuo ligado a su cuerpo y con una vida mental privada, o permitiendo nuevas formas de explotar y manipular a las personas por parte de hackers, empresas o incluso gobiernos.  Muchas incógnitas se abren de cómo prepararnos para este futuro.

Según un reciente artículo publicado en la revista Nature por prestigiosos neurocientíficos, expertos en inteligencia artificial y especialistas en ética, hay cuatro áreas en las que deberíamos empezar a pensar:

  1. Privacidad y consentimiento: este reto no es exclusivo de la neurotecnología y es bien conocido. El escándalo de Cambridge Analytica es solo un ejemplo de lo que el acceso a los datos no controlado y en malas manos puede hacer y, obviamente, la alarma crece cuando los datos de los que se habla proceden directamente de tu cerebro (ver ciberseguridad en interfaces cerebro-computador). Por eso, se propone que la opción predeterminada para los datos neuronales sea no compartir y obligar a que sean los usuarios quienes explícitamente den su autorización. Además, la venta, transferencia comercial y el uso de datos neuronales deben estar estrictamente regulados.

  2. Identidad y agencia: este reto supone enfrentarse a la pregunta de hasta qué punto la neurotecnología y la inteligencia artificial podrán hacer en un futuro que perdamos nuestra identidad humana, el vínculo con nuestro cuerpo físico o la capacidad de tomar nuestras propias decisiones. Si realmente nos conectamos con sistemas de inteligencia artificial que nos apoyan en la toma de decisiones, que nos dejan comunicarnos mentalmente con otros seres humanos o que nos permiten actuar en zonas donde ni siquiera estamos, ¿hasta qué punto seguiremos siendo humanos y  tendremos capacidad de elegir nuestras acciones? Es más, este dilema ya empieza a darse en algunos resultados de investigaciones científicas [Ref] en las que una persona desarrolla con la estimulación cerebral profunda una personalidad alterada con un carácter y comportamiento distintos a los que tenía.  ¿Qué se debe hacer en esos casos? ¿Se mantiene la estimulación o se le quita? Quizá la respuesta esté en preguntarle al paciente, pero…¿A quién se le debe preguntar? ¿Al paciente original o al que el implante ha alterado la personalidad?

  3. Regulación en el aumento de capacidades: si la neurotecnología combinada con la inteligencia artificial permite que aquellos que la usen se conviertan de algún modo en seres “superiores” con mayores capacidades sensoriales, físicas o mentales ¿no creará eso un cambio en las normas sociales, no plantearan problemas de acceso equitativo y no generarán nuevas formas de discriminación o una mayor desigualdad social? Es complicado anticiparse al futuro, pero sería deseable empezar a dotar de regulación a estos aspectos del mismo modo que se está haciendo con el desarrollo de la genética.

  4. Imparcialidad en el desarrollo de tecnologías: de nuevo, este no es un problema exclusivo de la neurotecnología, sino de otras muchas disciplinas. Básicamente, hay que plantearse de qué modo los propios sesgos de los desarrolladores de tecnología y de la sociedad acaban influyendo en la tecnología que se genera, haciendo que ésta favorezca a determinados grupos de personas y dañe a otros. Por ejemplo, en 2015 se demostró que Google Ads ante dos perfiles idénticos, el de género femenino recibía muchas menos ofertas de trabajo bien remuneradas que el perfil masculino [Ref]. Esta falta de parcialidad que tenemos ya en algunas tecnologías podría también darse en la neurotecnología con efectos que podrían ser muy dañinos.

En los próximos años, vamos a ser testigos de importantes innovaciones tecnológicas que van a suponer un cambio sustancial en la forma que interaccionamos con el mundo que nos rodea. Así, si bien muchas de estas innovaciones traen consigo muchos beneficios que mejorarán nuestra calidad de vida, tenemos que ser conscientes de las repercusiones que pueden también acarrear y establecer leyes que garanticen y prevengan consecuencias no deseables. La tecnología no es buena ni mala, sino el uso que hacemos de ella. La ética en la ciencia y la tecnología es algo que no debemos obviar nunca, sobre todo, ante avances en conocimientos científicos y tecnológicos que podrían suponer un cambio tanto a nivel individual como a nivel social.

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